El Cañero

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5 de julio de 2018

Sacerdote Arturo MacKinnon


Colaboración: Manolo López

“Allí estaba el cadáver, perforado de balas… Un agujero grande en el hombro derecho del padre me recordó a Cristo en la cruz, con el costado abierto por la lanza. Allí estaba otro Cristo, matado también por la injusticia humana…”.

El padre Emiliano Tardif, para 1965 director de la revista Amigo del Hogar, describía con esas palabras el cadáver del padre Arturo MacKinnon expuesto en un pequeño templo de Monte Plata.

MacKinnon, llamado el padre Arturo o el padre José por el pueblo que lo veneraba desde su apostolado en Azua y San José de Ocoa, pertenecía a la Orden de los Scarboro. Tardif, a los Misioneros del Sagrado Corazón. Pero allí se reunieron religiosos de otras congregaciones simpatizantes de la misma causa que defendía este mártir yacente “en una caja de madera de una pobreza increíble”.

Tenía la misma edad de El Maestro, 33 años, y lo asesinaron por defender a los maltratados y presos, a los pobres, a quienes luchaban por una Patria libre.

Es uno de los sacrificados de la Revolución de Abril, un canadiense que luchó por la soberanía dominicana. Su muerte violenta representó uno de los crímenes más atroces de esa revuelta: el misionero fue intimidado y luego torturado antes de que ráfagas de ametralladoras y tiros de pistola truncaran su vida joven y apagaran su espíritu indomable.

El 16 de junio de ese año protestó ante el Ejército Nacional por el apresamiento de 37 personas en Monte Plata, donde era párroco, vicario cooperador y administrador.

Pero quizá la principal causa de su muerte no fue solo el enérgico reclamo contra el atropello sino la prédica valiente del 17 de junio cuando, además de expresar su disgusto por los arrestos recordó que él había sido encargado del reparto de la comida de Cáritas y que esos alimentos habían sido destinados solamente a las familias sin recursos, a los más golpeados por el conflicto, queriendo explicar su negativa ante las peticiones de jefes de la guardia y la Policía que querían solo para ellos el vital sustento.

La esposa de un alto oficial tuvo un ataque de histeria y debieron sacarla de la iglesia y llevarla a su casa. Poco después aparecieron en la misa dos guardias ametralladoras en mano y ya al padre Arturo no lo dejaron tranquilo. Sin embargo, acosado y perseguido viajó a Santo Domingo, se entrevistó con un subjefe de las Fuerzas Armadas reclamando libertad y “habló claro y contundente condenando los atropellos cometidos”, según apuntó el padre Dionisio Ouellete, superior de los Scarboro, en detallado informe sobre el homicidio.

El 22 de junio el raso Santiago Restituyo tocó en la casa curial y lo vieron salir con el misionero en el jeep de la iglesia. “Se dirigieron hacia la carretera Yamasá-Sabana Grande de Boyá. En el camino se les unió el teniente Evangelista Rodríguez, de la Policía”.

Cuando Arturo comenzó a sospechar “algo peligroso” los tres bajaron del vehículo. Después solo se escucharon disparos.

El general Despradel Brache dijo al Nuncio Emanuele Clarizio que el padre había sido muerto frente a la fortaleza por dos miembros del Ejército que vieron el vehículo zigzagueando por la carretera y al acercarse de esta forma le dispararon y que una ambulancia iba en camino a recoger un militar herido. Ouellete anotó que esta versión “no tenía la más mínima posibilidad de ser exacta”.

Lo que ocurrió. Cuando el clérigo intuyó el peligro corrió hacia un automóvil cuyo chofer observó el forcejeo entre Arturo, Restituyo y Martínez, quienes discutían, pero los oficiales lo amenazaron y “tuvo que alejarse”. Después ocurrió la tragedia. Ouellete pudo ir al lugar. “El cadáver del padre estaba boca abajo al otro lado de una cuneta. Debajo de su jeep estaban sus lentes”.

“Tenía perforaciones distintas de balas: al lado izquierdo del cuello con salida arriba del cráneo; en el hombro derecho; al lado izquierdo de la vejiga; en la pierna izquierda; cuatro o cinco perforaciones juntas entrando en la vejiga, del lado derecho. Esta última herida fue causada por tiros a muy corta distancia según consta por la pólvora”, anotó.

Cerca yacían también los dos militares. Un tercer oficial se presentó a la fortaleza con las dos ametralladoras homicidas. Lo encarcelaron.

Aparte del informe de Ouellette se ofrecen pormenores del Crimen de Monte Plata en el de las “Atrocidades en Santo Domingo presentado a la OEA por una Comisión de Asistencia Técnica” integrada por Daniel Schweitzer, Alfonso Quiroz y Jorge Avendaño.

El cadáver de Arturo fue llevado el 23 de junio al hospital Marión; luego a Manresa Loyola y finalmente a Monte Plata. Después de lavado y revestido con los ornamentos sacerdotales, lo llevaron a la iglesia para que lo velara su pueblo.

“Lavé la frente ensangrentada”. Gracias al informe de la OEA y al relato del padre Emiliano que tomó prácticamente toda la tirada de Amigo del Hogar de septiembre de 1965, es posible conocer interioridades del crimen y especificaciones del funeral, ilustrado con fotos. Arturo refleja paz en su ataúd pese al desasosiego de sus últimos momentos.

El jesuita Antonio Sánchez hizo llorar a los presentes con su oración fúnebre. “Esta mañana lavé la frente ensangrentada del cadáver del padre Arturo, y unas gotas de sangre cayeron sobre el cinturón de mi sotana. Esta sangre la conservaré con respeto porque es la sangre de un mártir”, dijo.

Entre ese público estaba la madre de Arturo a quien visitaría en Canadá su hijo la semana siguiente y lo que recibió fue la noticia de que el vástago había sido asesinado en República Dominicana.

“Amigo de la juventud”. Arturo nació el 30 de septiembre de 1932 en New Victoria, Cape Breton Island, New Brunswick, Canadá. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de San Ninian, Antigonish, el 19 de diciembre de 1959. Llegó al país el 6 de octubre de 1960 y ejerció su ministerio en Azua, San José de Ocoa y Monte Plata, donde lo asesinaron militares dominicanos el 22 de junio de 1965.

Según Emiliano Tardif “era un gran amigo de la juventud y siempre trataba de inculcarle sus profundos anhelos de justicia social y de respeto a la persona humana”.

Destaca su valentía y agrega: “Aborrecía la conducta de “los perros mudos que tienen miedo de ladrar”, como dice la Biblia y trató de defender a sus feligreses cuando se daba cuenta de que eran víctimas de injusticia”. “Y lo acusaron de “comunista” y de defensor de los rebeldes”, agrega.

A este mártir no se le han reconocido su entrega y su heroísmo, aunque el crimen conmovió al mundo. El padre Emiliano propuso que si un día los amigos del padre Arturo llegaban a levantar un monumento en el cementerio de Monte Plata, donde fue sepultado, grabaran en letras de oro, debajo de su nombre: “Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Fuente: http://hoy.com.do / Por: Ángela Peña / Publicado el: 10 Enero de 2016

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