El Cañero

21 de marzo de 2016

¿De quién era la casa donde Jesús tuvo la última cena?

RAFAEL PERALTA ROMERO 
Jesús llegó a Jerusalén con el ánimo tenso, no obstante  el recibimiento que le tributara una multitud que le salió al paso  blandiendo ramos de palmera y de olivo, a la vez que gritaba: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Sabía lo que le esperaba, lo cual  poco  habría de importar para su condición divina, pero la naturaleza humana le reclamaba “si es posible pase de mí este cáliz”.
Días después se celebraba la fiesta de Pascua, que era costumbre y ley para los judíos.  Tanto el  Maestro como los discípulos andaban lejos de su lugar de residencia y el primer “día de los ácimos” los encontraría en Jerusalén. De ahí que los apóstoles, turbados de incertidumbre,  inquirieran acerca de qué iba a pasar con la cena.
Desconocían la carta que guardaba el Galileo  bajo la túnica. Designó a Pedro y a Juan para que visitaran un contacto que tenía en la ciudad y quizá por no decirlo delante de Judas, de cuyo transfuguismo ya se sospechaba,  les dio las directrices con absoluta discreción.
Marcos (Mc 14,2-15)  refiere que Jesús les dijo: «Vayan  a la ciudad; les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; síganlo,   y allí donde entre, digan al dueño de la casa: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?”   El les  enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; hagan allí los preparativos para nosotros.» 
Este relato indica que el aguatero era una contraseña. Otras traducciones   indican que Jesús describió la sala como “alta, grande, alfombrada, pronta…”. Lucas ofrece similares  detalles, la  misma seña del cargador de agua que  conduce a los comisionados hasta la casa donde  se celebraría la cena.  Jesús aseguraba que la sala “era grande y aderezada”.
El evangelista Mateo, uno de los doce,   lleva hasta   la escritura el  hermetismo  con el que Jesús manejó  el lugar de la cena.  Narra que  el Maestro dijo: “Id a la casa de Fulano y decidle…” (Mt 26,17-21). Este evangelista no  presenta  pormenores sobre las condiciones del salón.
Era costumbre en Palestina que las casas tuvieran una habitación adicional, en el segundo nivel, con entrada independiente, para alojar visitantes. Varios pasajes de la Biblia aluden el asunto.   En un aposento de este tipo celebró Jesús la Pascua con sus discípulos. ¿Será que mientras ellos comían el cordero con pan ácimo en el segundo nivel, abajo el dueño de la casa hacía lo mismo con su familia?
Los evangelios no identifican al dueño de la vivienda y por calidad de la misma se intuye que fuera persona de  economía holgada. Colaboró con la causa de Jesús, pero prefirió –quizá para cuidarse- no juntarlo con su familia a compartir la cena.
Pedro y Juan vieron a ese hombre cuando lo visitaron por mandato de Jesús. Él los   llevó al piso de arriba y les enseño el cuarto grande con la mesa y otros muebles alrededor. Todo     adecuado para la actividad,  la habitación estaba “pronta”  para la cena de los huéspedes.
Se ha opinado que  el propietario del inmueble  era  desconocido de los discípulos, pero también se ha dicho  que era conocido, pero que  Jesús no quiso dar su nombre para que Judas no  se enterara.  Lo cierto es  que en esa casa  se produjo  la institución de la Eucaristía,  allí lavó los  pies de sus discípulos y pronunció Jesús su sermón de despedida.
Los apóstoles usaron ese lugar  como refugio  después de la muerte del Maestro. Allí los encontró después de  resucitar y comió con ellos. Por el hecho de la cena, el lugar pasó a llamarse Cenáculo.  Ahí tuvo lugar la asamblea en la que los apóstoles escogieron a  Matías  para sustituir a   Judas y allí recibieron al Espíritu Santo, conforme se relata en hechos de los Apóstoles (Act 2,1-4).
En  2014 el papa Francisco  visitó el Cenáculo de Jerusalén, y explicó las siete claves que  tiene para los cristianos este importante lugar.   El Pontífice  pudo  celebrar misa  gracias a un permiso especial concedido para la ocasión, pues los  judíos consideran que los cristianos no pueden “interferir” aquí porque afirman que este lugar está construido sobre la tumba del rey David.
¿Pero de quién era la casa?  Hay especulaciones en el sentido de que perteneciera a José de Arimatea, el mismo que era  propietario del  sepulcro en  el cual fue depositado el cadáver  de  Jesús. Este hombre tenía riqueza y poder político –era miembro del Sanedrín-  y lo vinculaba a Jesús el afecto familiar, pues era hermano de su  abuelo, Joaquín.

Definitivamente, ese colaborador anónimo de Jesús  merecía más nombradía.
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