El Cañero

8 de marzo de 2017

Para hoy Día Internacional de la Mujer

Julia Angélica Maríñez
Querida abuela, así empezaría una carta al recordarte y me traslado entonces a mis remembranzas y a lo lejos te recuerdo en el bohío que fungía de cocina en nuestra querida Paya, Baní, República Dominicana, levantando una paila de dulce caliente sin siquiera pensar que te ibas a quemar. Veo entre nebulosas tus manchas, tus cayos, tus arrugas, tus pasos firmes y victoriosos en todo lo que hacías para levantar a tu familia. Mujer de extremidades inferiores cortas,  provista de una inteligencia divina a la hora de crear dulces de todos los sabores, era insuperable, ya fuera de coco, batata, cajuil, arroz con leche, jaleas, conservas de naranjas, piña con lechosa, cereza, ajonjolí, guineo, helados, jugos, en fin, nunca fue a la escuela, pero era "famosa" y con un carácter tan fuerte que espantaba hasta los malos espíritus, engreída y terca como a una mula, pues tenía noventa y tantos años y aun así lavaba, planchaba, fregaba, recogía los huevos de los nidos de las gallinas, barría, recogía, observaba y mandaba con firmeza según sus convicciones. Yo vivía con ella y veía cómo la gente le temía, porque cuando de defender en lo creía se trataba y cuando se proponía una meta, nada ni nadie se lo podía impedir, porque no conocía un "no" por respuesta...
Observadora al fin, empecé a valorar todas sus cualidades positivas y a compararla con las demás abuelitas para darme cuenta de que estaba frente a un tronco de mujer, quien desde joven cargaba el agua en su cuadril desde la regola hasta su casa para lavar por paga y subir a su familia mientras su esposo estaba en las lomas sembrando café y tal vez ahí adquirió el don de mando y la vida dura la convirtió en un roble de mujer con luz propia para hacernos brillar aún en la adversidad.
En este mes estamos celebrando el Día Internacional de la Mujer y yo rindo tributo a mi ABUELA y visualizo en ella a todas las grandes mujeres de nuestra historia, pues pensando en mis adentros atraigo su perfume y vislumbro su carmín en los recónditos baúles de mi memoria como una de las grandes mujeres heroínas sin nombre que a diario nos encontramos en nuestro diario vivir. Mujeres que se olvidan de sí mismas para cosechar el bien común, trazándose como metas la persecución de lograr hacer feliz a su marido, a sus hijos, a sus vecinos, a sus amigos y a veces, muchas veces, se olvidan de ellas mismas, de lo que valen, de su esencia y hacen leñas de su estirpe y su linaje para ver reflejado en los ojos de los demás la sonrisa de la felicidad en los demás.
Las mujeres somos como dinamita, pues cuando queremos algo no hay nada ni nadie que nos detenga hasta llegar a conseguirlo, adornamos con nuestro aroma natural a nuestra pareja, engalanamos todo lo que tocamos, hacemos babear a más de mil hombres pero única y exclusivamente le entregamos nuestro corazón a aquel que aun estando en la lejanía o quizás demasiado cerca se lo gana con sus atenciones hacia nosotras. Somos incansables y aquél que descubriera el combustible que nos motoriza se haría millonario ante tal hallazgo, pues cuando parece que vamos a desfallecer es entonces cuando empezamos a sacar fuerzas para seguir Adelante, pese a que lo que las apariencias digan, sorprendiendo a todos aquellos que nos dan la oportunidad de hacer la diferencia en nuestros trabajos fuera de la casa, en nuestro propio hogar y en cualquier lugar de nuestra sociedad, llegando a poder desempeñar los puestos más encumbrados o simple y sencillamente, realizando nuestra labor de amor hacia la humanidad como la Madre Teresa de Calcuta o como la más humilde ama de casa, que es en verdad la gerente general de todos los hogares.
Por esta y por muchas razones más, felicito hoy y todos los días a todas las del mundo y decreto que todos los días de nuestra vida serán más hermosos que los anteriores porque nos damos nuestro justo valor, porque nuestro amor hacia la humanidad es como un manantial de fe y esperanzas inagotables y hacemos brillar con nuestra entrega a todos los que están a nuestro alrededor porque simplemente somos: mujeres.
Con amor,

Julia Angélica
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