El Cañero

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30 de septiembre de 2017

El oficio de traductor

Por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz 
Hoy, 30 de septiembre, festividad de San Jerónimo, se celebra el Día Internacional de la Traducción, una iniciativa anual que rinde homenaje a los traductores y reconoce su papel esencial en la transmisión del conocimiento. Es una fecha oportuna para investigar su labor y reconocer su mérito, muy poco valorado en un mundo cultural sometido a la egolatría de los escritores consagrados.
Cuando nos disponemos a leer un libro, por lo general, ninguno de nosotros se plantea si está traducido o no. Mientras lo leemos o al finalizarlo, si no nos ha gustado, entonces buscaremos culpables o decidiremos no volver a leer a ese autor. Pero también existe la posibilidad de que no esté bien escrito o de que, quizá, no esté bien traducido. A veces, basta con cambiar de editorial para que esa obra nos entusiasme: el traductor es otro.
Detrás de la creación de una novela no sólo está el escritor, en ocasiones, también el traductor, ese eslabón invisible al que debemos agradecer su esfuerzo para acomodar el contenido de la obra a nuestro idioma. Porque todos sabemos que entender un idioma no es suficiente para trasladar lo literario, es decir, esa forma determinada, única en cada escritor, que nos hace vibrar, recordar y sobre todo deleitarnos con lo que estamos leyendo. Si somos capaces de diseccionar cada paso que conlleva esta transformación o acomodación de un idioma a otro, comprenderemos mejor el trabajo de estas personas. Porque aquí nos incumbe la traducción literaria y esta no es una tarea banal.
«Todo libro traducido es «como un cadáver destrozado por un coche hasta resultar irreconocible» (Thomas Bernhard).
Resulta incomprensible que un escritor no valore el trabajo de un traductor cuando ambas profesiones están muy unidas e incluso muchos compatibilizan las dos.
Varía mucho la relación que el escritor y el traductor mantienen. Puede que se conozcan, que se respeten, que se detesten, que no se necesiten: «El diálogo entre el autor y el traductor, en la relación entre el texto que es y el texto que va a ser, no es apenas un diálogo entre dos personalidades particulares que han de completarse, es sobre todo un encuentro entre dos culturas colectivas que deben reconocerse», decía José Saramago.

Donna Leon está muy agradecida a la respuesta de los lectores españoles y es consciente de que esto se lo debe a su traductora Maia Figueroa Evans, quien afirma rotundamente que la figura del traductor debe ser transparente. “Cuanto menos se note, mejor, y eso implica invisibilidad en muchos aspectos”. La escritora norteamericana aboga por una traducción que muestre emoción, que capte el significado del texto, su espíritu y el del lenguaje en el que escriben. Está convencida de que el nuevo texto debe entender su ingenio y astucia; sentir la emoción con la que se ha escrito.

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