El Cañero

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13 de septiembre de 2018

Entre la lectura y la escritura de literatura infantil y juvenil


La autora Adriana Fernández reflexiona sobre su última obra “¿Tiene un libro de brujas?” y sobre los desafíos de escribir para el público lector más joven
Por Adriana Fernández
¿Tiene un libro de Brujas? (comuicarte), de Adriana Fernández
Cuando me preguntas "¿Cómo es escribir para chicos cuando sus editora de LIJ?" Respondo: Es como ser modista de una misma. Imposible. Ni con un espejo podrías ajustar bien las pinzas, poner los alfileres sin pincharte, verte la espalda y luego el escote. Casi imposible. Lo único posible es hacerlo mal o más o menos.
Jamás podría ser editora de mí misma por eso no es tan incompatible ser autora y editora a la vez. Como autora necesito la mirada de mi editor, editora -y maravillosa- en el caso de mi última publicación en Comunicarte. Ella es la única que puede ajustar las pinzas, ver la caída del vestido en la espalda y la profundidad del escote en el frente. Verlo y mostrármelo Eso es un editor. El que mira críticamente y lo muestra al autor.
Llevo más de veinte años en el mundo editorial pero como autora tengo la escucha inocente. Es como vivir e ir a análisis. Esa devolución siempre – en los casos de los buenos análisis- nos va a sorprender. Aun cuando llevemos buena cantidad de años de experimentar viviendo.
Como editora leo, selecciono, ajusto, pido, devuelvo. Entiendo las concesiones que hay que hacer. Trato de entrar y respetar autor, texto y mercado.
Como autora me distraigo de todo eso. Intento no ser complaciente con los chicos. A veces me parece que escribo para ellos para explicar lo complicado que es ser adulta. Lejos estoy de creer que los entiendo y que, a partir de ello, puedo crear estos mundos paralelos donde el lenguaje manda. No creo entender tanto pero sí me dan ganas de contarles lo que es estar de este lado, y me parece que a ellos les interesa y les da mucha gracia compartirlo.
Adriana Fernández (Alejandra López)
Es que contarles a ellos es ponerse en un lugar frágil. Ellos pueden demolerlo todo virando los ojos sin pensarlo. Así, en un parpadeo largo. Y ahí queda una con su librito… buscándoles la mirada. Inútil será si una no pasó la prueba.
En algo estamos de acuerdo la editora y la escritora que soy. Tanto a una como a la otra nos sorprende el lugar menor que tiene la literatura infantil respecto de la literatura de adultos. El lugar menor que tienen los libros para un público respecto de los libros para el otro.
Con esto quiero decir que todos sabemos que hay libros para chicos y luego, claro está, la literatura infantil. Pero que esta última tardó en entrar al mundo académico, por ejemplo, y cuando lo hizo obtuvo un lugar lateral y adosado. Sabemos también que -salvo honrosas excepciones -los medios periodísticos no dedican críticas a la literatura para chicos. Algo así como si esta escritura estuviera dentro de un área de entretenimiento y no configurara una poética literaria que da cuenta de cada tiempo y de las configuraciones históricas de cada infancia también.
En el volumen de correspondencias de Ítalo Calvino, Los libros de los otros, un epígrafe abre todo lo que se lee luego: "…la mayor parte del tiempo de mi vida, lo he dedicado a los libros de los otros. Y me alegro de ello…"
A mí también me da una enorme alegría haberme dedicado a los libros de los otros. Y haber encontrado los rincones para los míos.

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