El Cañero

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2 de julio de 2019

La nivola de Unamuno


Por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz
Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936) fue un escritor cuya obra crucial es Niebla. La escribió en 1907 —aunque no fue publicada hasta 1914— y en ella explora técnicas narrativas propias que atenúan la importancia del argumento, reducen la caracterización de los personajes y desdeñan el detalle en la descripción de ambientes, en clara oposición a las pautas empleadas por la novela realista y naturalista que se hacía a finales del siglo XIX.
Augusto Pérez es un burgués acomodado, cuya vida tranquila y rutinaria le impulsa a reflexionar sobre la condición humana y el misterio de la muerte. A lo largo de la novela, Unamuno va destapando su pensamiento por boca de su protagonista, mediante largos monólogos que solo su perro Orfeo comprende, o aceradas discusiones con su amigo Goti. Esos pensamientos lo entretienen hasta que su novia Eugenia huye con otro hombre, después de que él abandona a Rosario, su empleada de hogar, a quien había prometido amor eterno. En esta situación, decide visitar al escritor Miguel de Unamuno para pedirle consejo. Este le responde que no tiene por qué preocuparse, ya que es un ente de ficción creado por él y que él puede hacerlo desaparecer en el momento que lo desee.
Esta intrusión del autor en el curso de la historia que está contando es un recurso que ya fue utilizado por Cervantes en su Don Quijote.  El que un escritor se refiera a sí mismo en una obra, analice cómo se escribe, glose el proceso creativo… todo eso es propio de una técnica literaria denominada metaficción. El artificio lo utilizó más tarde el argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) en El Aleph y, posteriormente, una legión de seguidores adoptaron la fórmula.
Unamuno siempre quiso diferenciarse de sus coetáneos, hacer otro tipo de literatura en la que poder exteriorizar su mundo interno. Su estilo no busca ser elegante sino provocador, llamar la atención del lector sobre lo que dice y cómo lo dice y para eso usa un lenguaje seco, rápido; y no necesita argumento ni plan de escritura, como él mismo explica en A lo que salga.
Mas, una vez que me he decidido a escribir de cosas de técnica literaria, ruego al lector no profesional que me lo tolere, y desde ahora le aseguro que, aunque sé por dónde he empezado este ensayo—o lo que fuere—, no sé por dónde lo he de acabar. Y de esto es precisamente de lo que quiero escribir aquí, de esto de ponerse uno a escribir una cosa sin saber adónde ha de ir a parar, descubriendo terreno según marcha, y cambiando de rumbo a medida que cambian las vistas que se abren a los ojos del espíritu. Esto es caminar sin plan previo, y dejando que el plan surja. Y es lo más orgánico, pues lo otro es mecánico; es lo más espontáneo.
Sus personajes son planos, los define con un par de trazos; no se detiene a examinarlos a fondo. Se sirve de ellos para, mediante el diálogo o el soliloquio, formular preguntas sobre las cuestiones que a él le obsesionan. Son siempre preguntas sin respuesta, una forma de motivar al lector y obligarle a un esfuerzo intelectual para que las encuentre. Unamuno conocía muy bien el valor pedagógico de la mayéutica. Tenía fama de ser vanidoso, mas en su obra escrita no se atisba traza alguna de dogmatismo.

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