El Cañero

22 de junio de 2017

La Renuncia

Snayder Santana
Históricamente hemos visto que los movimientos sociales, espontáneos o no, desembocan siempre en consecuencias políticas. Dada la misma dinámica social dichos movimientos pueden encaminarse por senderos que en ocasiones los propios actores y sujetos del proceso social no han previsto. 
Cuando se produce una ruptura en la hegemonía del poder político en un país algo debe ocurrir y, ante esa situación se encuentra nuestra sociedad hoy, que aunque en sentido general estamos de acuerdo con la consigna levantada por la Marcha Verde sobre el fin de la corrupción y la impunidad, cuando hablamos de la renuncia del presidente de la República, entonces, justo en ese punto es donde se fracciona la opinión y la visión de unos y otros dentro de la lucha.
Volviendo a la idea del primer párrafo, sobre el derrotero de los movimientos sociales, podemos aportar dos procesos locales de magnitudes y consecuencia diferentes, el movimiento que se gestó en 1963 por la vuelta a la constitucionalidad luego del golpe de Estado a Bosch. Este proceso tuvo su desembocadura en la revolución de abril del 65 y la intervención yanqui del mismo año. El alegado fraude por parte del presidente Balaguer y su Junta Central de 1994 contra el doctor Peña Gómez desató un proceso político de presión nacional que generó un acuerdo inconstitucional entre las cúpulas políticas que desembocó en cortar un periodo presidencial a dos años y celebrar nuevas elecciones que parieron la llegada al poder del PLD en el 1996.
Balaguer obviamente no renunció, pero fue recortado su período mediante una negociación política y eso cambió el curso de la política nacional hasta hoy. Peña, que justamente encabezó ese proceso del 94 no previo eso, como quizás no previeron los del 63 la invasión yanqui. Con esto destacar que los movimientos sociales pueden ser impredecibles y pueden ir mas allá de donde se les concibió y desde donde se les forjó, la lucha adquiere cuerpo y éste se da forma según el momentum político y la efervescencia social.
La Constitución de la República contempla la sucesión presidencial por falta definitiva. Previendo que el ser humano es finito el legislador contempla la posible falta del Presidente y establece un protocolo, y el artículo 132 de la misma Constitución contempla la renuncia del Presidente y su único requisito es que sea ante la Asamblea Nacional. El problema con esto es cultural y es de egos político, puesto que no existe en la memoria política nacional que los presidentes renuncien, lo presidentes desde las juntas de vecinos, pasando por los partidos políticos donde los presidentes son eternos, hasta llegar a la Presidencia de la República aquí nadie renuncia, hay que sacarlos.
La Marcha Verde como expresión de sectores de las capas medias de la sociedad se encuentra ante una encrucijada, dado que la dirigencia de la marcha ha luchado por meses contra el llamado a pedir la renuncia del Presidente, lo cual entienden es una locura, un tremendismo, no es político y otros alegan no es el momento para eso cual si hubiera todo un calendario astrológico que marca el curso de la lucha o un oráculo que traza los tiempos de la acción.
Otros actores de grupos dentro y fuera de la marcha entienden correcto el llamado y ven conservadurismo en quienes creen que no, estos últimos presionan para que la lucha se torne mas frontal, más agresiva y más política, mientras la Marcha Verde, que es en esencia clase media, gira hacia los barrios buscando el apoyo de lo popular, de ese ingrediente del barrio que pudiera engrosar las fuerzas del movimiento y darle consistencia y permanencia allí donde los más vulnerables, que son la mayoría del pueblo.
¿Por qué se desliga la Marcha Verde del llamado a renuncia del Presidente? ¿Podríamos tildar esto de una actitud conservadora? Quizás, pero partiendo de la conformación social del núcleo de este movimiento que es: profesionales de clase media, dirigentes medios de partidos, ex diputados, jóvenes de ONG, se complica el juego dado que mucho de estos no accionarán si esto implica romper el estatus quo del que son parte. Una cosa es luchar los domingos pacíficamente como procesión de Semana Santa por el fin de la impunidad y otra es plantearse una lucha que dé al traste con el sistema, o por lo menos con el desplazamiento del poder del PLD, lo que implica subversión y desestabilización.
Plantearse la posibilidad de algo así hoy provocaría una implosión hacia el núcleo de este movimiento. Sus actores lo saben, por eso han salido a desmentir todo lo que huela a subversión del orden,  pues hasta cierto punto se jugarían su estatus social que en alguna medida es fruto de los gobiernos del PLD, pues muchos son parte de la movilidad social que se produjo a partir de 1996. Es la lucha porque el sistema se recicle, se readecúe y ellos mismos acojan el fin de la corrupción, una especie de revisionismo moderno, pero nuestros amigos los puros seguirán rehuyendo al enfrentamiento y esto es una cuestión de clase.

Pero como dijimos al principio, una vez arranca un movimiento su curso final y sus consecuencias no las determina un petit comité, sino las masas… (elgrillo.do)
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