El Cañero

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12 de septiembre de 2013

Debilidades y delitos curiales

Rafael Peralta Romero

Rafael Peralta Romero
Cuando monseñor Agripino Núñez Collado  informó en la primera semana de septiembre  que Józef Wesolowski  había sido destituido como nuncio apostólico en República Dominicana, por comprobadas prácticas sexuales con niños, admitió que los sacerdotes pueden incurrir en debilidades, pero sentenció  que la pederastia es imperdonable.
El Papa, Francisco, había hecho las diferencias entre pecados sexuales y delitos sexuales: “Los delitos son otra cosa: abuso a menores es un delito. No, los pecados. Pero si una persona, laica o presbítero o religiosa, cometió un pecado y luego se convirtió, el Señor perdona, y cuando el Señor perdona, el Señor olvida, y esto es importante para nuestra vida”.
El clero dominicano había  estado muy al margen de  la aberrante  práctica de la pedofilia y otros  delitos sexuales, aunque no así de las debilidades  de religiosos y jerarcas eclesiásticos.  El celibato, en los sacerdotes,  y los votos de castidad, en religiosos y religiosas,   conllevan  una lucha  frente a los empujes de la naturaleza.
La flaqueza de la carne lleva a las debilidades de las que ha  hablado el padre Agripino.  Cuando se conocen  acciones pervertidas como las atribuidas al obispo  Wesolowski,  pienso en la necesidad de enaltecer la figura de monseñor Fernando Arturo de Meriño, quien fuera arzobispo de Santo Domingo (1885). 
Las debilidades de Meriño fueron frente a las mujeres. Dejó tres hijos, entre ellos esa gloria de la ciencia médica  que se llamó Fernando Alberto Defilló,   procreado con Leonor Defilló. Con Isabel Logroño procreó a Álvaro y Josefa Logroño. El primero fue el padre del destacado orador Arturo Logroño. Lo de Meriño, no era con niños.
En el clero  dominicano, las debilidades  han prevalecido sobre los delitos. El padre Pedro Pablo Báez (Pin), por ejemplo, muy conocido en el Santiago,  se distingue  por dejar constancia de sus debilidades  ante la carne femenina: reconoció a sus cuatro hijos, tres de ellos  con América Sofía Olmos Robles.
 Quizá algún   presbítero ha sido débil en demasía. El historiador Edwin Espinal, en su ensayo “Descendencias sacerdotales” apunta que el padre José Manuel Román Grullón,  vicario de la Iglesia Mayor de Santiago (1896 a 1897 y de 1900 a 1911),  “fue progenitor de más de cuatro decenas de hijos, repartidos entre República Dominicana, Italia y Francia”.
Entre las  travesuras y debilidades del célebre Gabriel Moreno  del Christo, cura notorio en el siglo XIX,  no se reportan abuso de menores. El presidente Buenaventura Báez era nieto del presbítero Antonio Sánchez Valverde,  el mismo que  preparó el interesante informe titulado “idea del valor de la isla Española”.
El padre Nicolás Zúñiga,  que ejerció  en Samaná y el Cibao, se dice que exhortaba a seguir su prédica, pero no su ejemplo. Cayó  en la tentación de  la carne. Procreó  con Altagracia Esquea a Fidias Esquea, oficial de la Marina de Guerra,  procreador de una ilustre familia de la que forma parte uno de los políticos más puros de nuestro país, Emmanuel Esquea.

Si se analizan las debilidades y los delitos sexuales de los sacerdotes,   hay que concluir que a monseñor Meriño  debe erigírsele una estatua y a monseñor Wesolouski,  y al otro cura polaco, Wojciech Gil (padre Alberto), hay que instrumentarle un expediente judicial. Un expediente a cada uno. El delito conlleva cárcel.

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