El Cañero

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21 de marzo de 2015

La cultura en la república del narco

Por Daniel Ferreira
 Hay varias verdades y medias verdades y muchas tergiversaciones sobre Harold Alvarado Tenorio y su obra. Una de esas verdades indiscutibles, es que edita y sufraga la mejor revista de poesía de Colombia, Arquitrave, de la que han aparecido 58 números con monográficos dedicados a Jaime Gil de Biedma, poesías africanas, antillanas, portuguesa, versiones de poetas chinos modernos y antiguos y un catálogo de talentos jóvenes que resulta en conjunto un documento invaluable para los expertos o los interesados en poesía, esa cenicienta de la literatura actual. Otra, que es un gran poeta no lo suficientemente conocido ni valorado.
 Una de las medias verdades tiene que ver con sus posturas y opiniones políticas: entre quienes le acusan de simpatizar con el paramilitarismo, se suele pasar por alto que el encono de sus declaraciones en contra de la guerrilla de las FARC y su oposición al proceso de paz, está en que son animadversiones legítimas que derivan de ser víctima directa tanto de la guerrilla (que secuestró a un miembro de su familia) y de los propios paramilitares (que asesinaron a su compañero sentimental y lo desplazaron de su propiedad en Cundinamarca). Tal vez su afinidad con el déspota Álvaro Uribe Vélez tenga que ver con el hecho de que el gobierno de este ex presidente fue el encargado de proteger al escritor durante la época en que su vida estaba amenazada de muerte (no por iniciativa de presidencia, sino por petición de organizaciones defensoras de los derechos humanos y del Pen Club Internacional). Por supuesto, no se puede pedir respeto (de las víctimas) donde no ha habido justicia, siguiendo la observación de uno de los blancos de sus dardos, el magistrado Carlos Gaviria Díaz. Y sin embargo, el desconocimiento de que un tratado de paz con la guerrilla es una de las rutas obligadas para que al menos una generación venidera no viva en medio de la atrocidad, no significa “entregar el país a las FARC” como él repite, sino que será la primera fórmula de reconciliación que trace la línea divisoria que nos permita construir una nueva sociedad donde la violencia no sea la única forma de exigir justicia ni la muerte una forma de ganarse la vida, ni la fosa común la única entidad verdaderamente democrática del país. Esta es alguna de las varias observaciones que se pueden exponer para completar las verdades a medias entre sus detractores, y para controvertir algunas de las posturas más radicales de las opiniones de Tenorio.
 Entre las innumerables tergiversaciones subyace la idea de que está en contra de todo el establecimiento cultural del país. Lo está, pero no de manera parcial. La cultura en la república del narco, su último libro (editado por Podenco, Panamá, 2015) es una compilación de notas de prensa publicadas a lo largo de dos décadas que resulta una radiografía del establecimiento cultural, y un mapa de la inversión de los recursos públicos y unas biografías no autorizadas de las personalidades que han determinado el uso de esos recursos en Colombia. Algunas de estas columnas han sido difundidas a través de la web una y otra vez cada vez que alguno de los aludidos vuelve a ocupar un lugar de preponderancia en la prensa nacional. Entre sus blancos están directores de revistas de ventas de artículos suntuarios (enmascaradas con temas pseudo culturales), coordinadores de festivales de poesía, directores de bibliotecas, figuras públicas de la escena bogotana y nacional, ministros de cultura, directivos universitarios, colegas, periodistas, poetas mal avenidos en burócratas. Su objetivo, expresado desde el prólogo, es deshilvanar las redes de padrinazgos, el sistema de desangre del erario público destinado a la cultura por los gobiernos (dineros que han terminado por nutrir las arcas de la empresa privada y ha privado a los creadores de arte de obtener un mínimo de participación). Hay varias tergiversaciones que son omisiones flagrantes. La acusación deliberada de que Guillermo Páramo Rocha fue “el peor rector de la universidad nacional” enmascara solo un argumento ad hominen relacionado con los salarios de los profesores en que Tenorio resultó perjudicado como profesor jubilado, pero el comentario no resulta suficientemente audaz como para hacer olvidar de la memoria de quienes hemos sido estudiantes provincianos sin recursos ni posibilidades de formar un intelecto que durante la rectoría de Guillermo Páramo Rocha la Universidad Nacional se descentralizó y abrió las puertas a las sedes nacionales en zonas de periferia abandonadas por la institución central de educación como la sede Palmira o la sede Leticia, y que solo por ese logro tal vez la rectoría de Páramo Rocha sea la mejor de todas las que ha habido.
 El título del libro es una ironía que equipara el manejo de la cultura con los métodos derivados de las camorras: redes de corrupción, redes de preferencias, cargos inamovibles y un cenáculo de amigos y mercaderes que se han apropiado de la forma de administrar y legitimar los gastos y que han sacralizado a algunos de sus contemporáneos como valores intocables del mapa de la cultura. El libro tiene una apuesta gráfica sorprendente porque a partir de fotografías de páginas sociales, Staff de prebostes, efemérides de eventos culturales acaecidos en los últimos 20 años, además de documentos oficiales, clasificados y desclasificados, capturas de pantalla, páginas internas de periódicos y portadas de revistas Tenorio va creando un acervo para la proverbial amnesia nacional, enfermedad endémica que sufrimos todos, y ese acervo deviene en mapa y diagnóstico para enterarse de quién es quién o responder a la fórmula retórica de moda que encubre privilegios y demuestra la ineludible brecha entre clases de una Colombia estratificada: “¿usted no sabe quién soy yo?”.

 Con este libro de cuasi panfletos tamizados por el tiempo puede saberse quiénes y con qué métodos se han configurado las glorias y valores y raseros de ponderación de lo que parecía llamarse (hasta ahora de forma indiscutible) “cultura nacional”. Otro necesario libro de un artificiero cuyo artefacto panfletario hace saltar los pies de barro de los santos patrones de la cultura doméstica. http://blogs.elespectador.com/

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