El Cañero

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25 de diciembre de 2013

LA SELVA

Por Lincoln López

El escritor inglés Ruddgard Kippling, nacido en Bombay (India) en 1865, y Premio Nobel de Literatura en 1907, nos cuenta en una de sus obras sobre aquella excursión dada al interior de la selva por dos esposos y su hijo pequeño, pero debido al ataque inesperado de un tigre, los esposos perdieron a su hijo aunque ellos preservaron sus vidas.

Mowgli es el nombre del niño perdido que aparece en una cueva de unos lobos quienes no solo lo salvan de las garras del tigre, sino que lo acogen como a su propio hijo.

Luego Mowgli es presentado en el Consejo de Roca, máximo órgano deliberativo de la manada de lobos para que sea aceptado como parte de la comunidad. Como cualquier otro lobato, es instruido en la Ley de la Selva para que entienda, entre otras cosas, el valor de la amistad, que aprenda a enfrentar a los Bandar-Log, el pueblo de los monos, tontos, indisciplinados, revoltosos, quienes nunca hacen nada bien ya que no tienen ley, la importancia del trabajo en equipo, y sobre todo, desempeñar su rol social en el área de su competencia demostrada.

La lectura de “The Jungle Book” (El Libro de la Selva) es beneficioso debido a los valores positivos que emanan de las historias, en el marco de un ambiente fantástico, con una redacción fácil y entretenida, muy adecuada para los niños. Por fortuna, la existencia universal de textos infantiles es amplia, y por lo tanto, variada. Naturalmente utiliza algunos patrones sociales propios de la época y del contexto cultural del autor. En este sentido es válido mencionar al piloto de un avión que posteriormente escribió un libro de éxito mundial: El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (Francia 1900-1944), y sus lugares en vez de la selva, son los asteroides.

Ojalá la acción de su lectura surjan reacciones, críticas, y que ellas puedan ser relacionadas con la sociedad humana, como el viejo lobo solitario y sabio, sea el jefe de la manada (una concepción machista del poder) o los árboles baobabs representan el nazismo que intentaba destruir el planeta. Debatir el hecho de que la sociedad humana es la única de los seres vivos que posee cultura (con su valor primario de la palabra y el sistema de lenguaje), y sin embargo, desequilibra el medio ambiente, cosa que no ocurre en los llamados seres “inferiores”.

Sería maravilloso, aunque para algunos padres sea embarazoso, objetar las desigualdades sociales en medio de tanta riqueza material. La pobreza material y espiritual.

Hemos sido creativos, es decir, sin imitarlo de la naturaleza, cuando hemos organizado ejércitos profesionales, guerras interminables y una tecnología muy avanzada suficiente  para el exterminio de la humanidad.

Quizás convendría ejemplificar ese extraño contraste entre la capacidad para el arte, la filosofía, la ciencia o la religión con las más salvajes manifestaciones de dolor y destrucción que le causamos a nuestros semejantes.

Tal vez la pregunta más elemental surgiría (¡Gloria a Dios!): Papi, y quiénes son más salvajes, ¿ellos o nosotros?

 Por favor, no lo reprima porque estamos en Navidad.

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