El Cañero

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8 de diciembre de 2013

En torno a Aída Bonnelly

Rafael Peralta Romero
Una  sala del Teatro Nacional  - que es templo nacional del arte- fue convertida en  otro tipo de  templo –una capilla, tal vez-  donde al menos por una hora se  logró palpar la presencia  del Espíritu Santo  para recordar a una mujer, a una artista, digna de recordación  y aprecio perpetuo.

“Una dama que hizo por muchos años vida activa en nuestra cultura, como lo fue ella, merece todo el reconocimiento a que se hizo acreedora”.  Esas palabras  corresponden a José Rafael Lantigua   en el  envidiable artículo “Una dama como ella no puede irse así, en silencio”, publicado en Diario Libre.  Murió el 27 de octubre, a los 87 años.

En la sala que lleva su nombre, Aída Bonnelly de Díaz,  destinada  habitualmente al arte y  el discurrir de la palabra, no precisamente sagrada,  tuvo lugar la celebración durante la cual  el  área fue cubierta por una atmósfera   ligera y los participantes  experimentamos una notable abstracción.

El sacerdote Pablo Mella,  inteligente y sensible, orientó la celebración  en torno a la música y, como filósofo,   discurrió  sobre la relación entre el arte, como expresión sublime del espíritu, y Dios,  máxima expresión de la sublimidad. Fue  una exaltación a la belleza y a las riquezas espirituales.

Las lecturas incluyeron un artículo de doña Aida Bonnelly,  el cual  destilaba sapiencia a través de profundos consejos  para los jóvenes artistas. Explicaba  la pianista y maestra de música los requisitos para alcanzar  el  Arte supremo. En la homilía, el padre Mella relacionó el Arte con Dios.

Sobre el altar se mostraba, cual libro sagrado,  un ejemplar de “En torno a la música”, una de las obras de la artista y escritora de libros para niños.  Otra lectura,  del apóstol Pablo, hacía referencia a instrumentos musicales,  cual si hubiese  sido escrita para la ocasión. La armonía era palpable como cosa material.

El Evangelio fue tomado  del pasaje  en el que Jesús expresa: “¿A quién compararé esta generación? Es semejante á los muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus compañeros, y dicen: Os tañimos flauta, y no bailasteis; os cantamos canciones tristes  y no os lamentasteis”.

Trozos de  piezas musicales de   Schumann  y Bach contribuyeron  a crear  el ambiente etéreo que cubrió el oficio religioso. Al final, doña Idelissa  Bonnelly de Calventi, hermana de Aída, con voz suave, baja,   vinculó  la música   con la naturaleza, lo que ella ha estudiado. Esparció ternura y también fue emocionante.

Cito de nuevo a  Lantigua: “¿Cómo puede irse así, en silencio, una dama tan relevante de nuestra cultura? ¿Debiéramos permitir, los que formamos parte de eso que se denomina comunidad cultural dominicana, que sean relegados al olvido o descuidados por la indiferencia, el nombre y los aportes de Aída Bonnelly de Díaz? “

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