El Cañero

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26 de octubre de 2013

Vía dolorosa de libros: Librería Mateca

Miguel D. Mena
cielourbano@googlemail.com
Los anaqueles vaciándose, una mesa con superofertas, libros manoseados durante años y no vendidos, sí, porque siempre hay un ejemplar que no compras pero que sabes que está ahí, como un primo o un cuadro o un juego de tasas, fijo en su espacio, inamovible, cómplice de una memoria, de lo poco o mucho que has crecido.
Hay librerías que son como un acuario en el que surgiste y luego saltaste. Pienso la Libreía Mateca. Ahí conseguiste el primer Walt Whitman, alguna edición barata de Nietzsche y descubriste a Pessoa y a Levinas. Luego fuiste creciendo con nuevos nombres, portadas, títulos. Cada sábado los ocho pasos entre esos estantes eran tan intensos como los de un Zeppelin sobre Nueva York o un concierto de Bach interpretado por la Landowska o por Gould. Aquellos espacios se convertían en tu piel sabatina, uno de recarga para el resto de la semana o de la vida, la alegría de un texto que adquirías con la pasión de un niño y que nuevas flores kitsch se abriesen en tu dormitorio. Las buenas librerías siempre han tenido esa capacidad de rebajarte los años, de devolverte a esa condición de simple ser en un jardín zen, de alivianarte entre pequeños saltos de alegría, porque tendrás bien claro que hay palabras que salvan, casas que de repente salen de amarillentadas páginas –sean de Porrúa, Fondo de Cultura o de Losada- y te instalan en las bondades de sus patios recién llovidos. Digo buenas librerías porque dentro de ellas está el librero, el ayudante, algún ser con quien al conversar, alguien que sabes que te está regalando cosas hermosas.
Al principio de los libros de Santo Domingo estaba don Julio Postigo y su mítica Librería Dominicana en las Mercedes. En el centro del local, un gigante estante giratorio con cientos de libros de la Colección Austral. Antes y después, Nuevos Testamentos de "Gideon", gratis. Al fondo, las publicaciones de la Revista de Occidente, los recuerdos de La Poesía Sorprendida, o conversar con el poeta Francis Mieses Burgos mientras se convocaba al poeta André Breton, fugaz contertulio en una no menor fugaz librería.
Un par de esquinas al este, en la Meriño con Vicente Celestino Duarte, Casa Weber era el refugio de los místicos y los revolucionarios. Don Rodolfo Weber, poeta que merece ser releído, hacía y deshacía desde su mecedora, con esa alegría por hablarte de alguna novedad de su sello editorial, con esa bondad única suya. Entre los libros místicos de Kier y de Ediciones Infinito, estaba la Colección 70 y naturalmente los de Espasa Calpe. Cuando ya no se podía importar libros desde Argentina o México, don Rodolfo comenzó a poner los suyos. En medio de tantos ajetreos, publicaciones, libros autopublicados y viajes a San Pedro de Macorís, don Rodolfo se nos fue por ahí.
Al sur, la calle Arzobispo Nouel era la calle de las librerías. El sol salía en el Instituto del Libro. Aquellos viejitos, valencianos, los Escofet Hermanos, al fondo, siempre conversando en catalán, nos brindaban el más amplio espacio librero del Santo Domingo de los 70.
En la esquina, en la Nouel con Espailla, estaba la Librería Nacional, con aquel techo tan hermoso y las relucientes publicaciones de Editorial Progreso, recién salvadas de los férreos controles aduaneros de los Doce Años de Balaguer. Conversar con Franklyn Franco era una delicia.
En nuestra particular Vía Dolorosa de los sábados teníamos que pasar entonces por la Central de Libros, de Ramón Grullón, tal vez el editor más fiero de aquellos años, donde los libros se confundían con hermosas artesanías.
Luego teníamos que movernos dos esquinas al este, a la Nouel con Sánchez, donde la Librería América nos ofrecía sus laberintos, las manos sucias con las que todos salíamos, porque los libros se mantenían así, como ejércitos de terracotas sufriendo las inclemencias de la borrasca. Ahí estaba Pedro Bisonó, quien a pesar de ser Testigo de Jehová tenía de todo lo bueno y raro dentro de esos anaqueles, con precios puestos en lápiz, corrigiéndose, borrados y reescritos, porque "la vida mande que puebles esos caminos", como diría Pedro Mir. (Acento.com.do)

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