El Cañero

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24 de junio de 2014

Recordando al Padre Abreu

(Hoy, como cada 24 de Junio recordamos su partida física, pero vivirá siempre con nosotros. Privilegiada y orgullosa de pertenecer a ese grupo.)

Bethania Guilamo R.

Pasarán muchos años y será muy difícil olvidar quien fue. No nació en nuestro pueblo, pero era nuestro, porque nos amó. Juan Antonio Abreu fue uno de esos seres de luz que aparecen de vez en cuando, iluminando el trayecto de cada persona tocada por su vida y sus obras.

No necesitó relaciones públicas, ni prensa pagada que publicaran lo que hacía. Nunca lo vi en el pulpito diciendo una homilía. Sus palabras eran sus obras, dignamente humanas, grandes o pequeñas. Practicó la humildad y la generosidad sin límites. La real humildad de aquel que lo tiene todo, porque aprende a vivir con lo necesario, y la verdadera generosidad, que es aquella de dar sin esperar.

Fue el responsable en la ciudad de La Romana, de la creación de la primera escuela para varones, el primer asilo de ancianos, la primera guardería infantil, la primera escuela para niños marginados y limpiabotas. Pero su mayor obra eran las obras sociales individuales, que milagrosamente hacía, cuando cada familia o persona requería de su ayuda. El Padre Abreu, como cariñosamente le llamaba la gente, no solo fue un sacerdote, sino era un consejero, maestro, psicólogo, trabajador social, visionario, cómplice, amigo, padre, hermano. Muchos de sus actos eran hechos de forma anónima, si se percataba de que alguien estaba en necesidad.

Nunca usaba en público otra ropa que no fuera su sotana, la cual remendaba, al igual que los zapatos. Su risa estruendosa y su enérgica manera de reaccionar cuando algo no le gustaba, todavía resuenan en las paredes de la iglesia y de las aulas donde enseñó. Atento, inteligente, terco, innovador, respetuoso, extraordinariamente ejemplar, su liderazgo se esparció haciéndonos a todos sentirnos parte de él, y considerarlo un verdadero padre. Por eso cuando se fue, quedamos huérfanos.

Pasaran muchos años sin que nuestro pueblo vuelva a tener otro Padre Abreu. Su peculiar combinación de espiritualidad, humildad, terquedad, energía, bondad y liderazgo, es muy difícil de encontrar. Un líder es aquel que se interesa y preocupa genuinamente por cada persona que toca su vida, directa o indirectamente. Él lo hizo. Por eso, el día de su entierro, se congregó la multitud más grande que se recuerde en la historia de La Romana.


Huérfanos como quedamos los romanenses, desde aquel entonces, por no haber encontrado un Padre Abreu que nos prodigue verdaderamente amor, apelamos a su recuerdo, al cariño y al legado natural que dejó y que quedó tatuado para siempre en el alma de quienes tocó con su vida y con su ejemplo.

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