El Cañero

Cañero_181-1 by Miguel Rone on Scribd

29 de agosto de 2008

Las aves no cantan por gusto

Hasta que los científicos aclararon que las aves cantan con un fin muy determinado, estuvimos pecando de romántico-inocentes.
Es verdad que cantan para comunicarse, avisar del peligro o anunciar la presencia de comida, pero fueron investigadores belgas y húngaros quienes advirtieron que también los hacen para enamorar.
Pero, como en los mecanismos propios del amor entre humanos, no todas las aves son iguales; hay las que arriesgan la vida, y las tímidas. (Estas últimas no llegan muy lejos)
En la revista especializada PLoS ONE, los expertos aseguran que las aves cantoras con una personalidad arriesgada y que se exponen más a los depredadores, tienen también más éxito en los cortejos sexuales.
Las conclusiones del estudio fueron obra de horas y horas escuchándolas cantar y valorando luego los resultados.
Así ratificaron que el canto juega un papel importante y bien conocido en la selección sexual, pero que además, define la personalidad de los distintos individuos.
Un canto llamativo es propio de aves osadas, ya que no sólo atraen el interés de las hembras, sino también llaman la atención de los depredadores.
Por si fuera poco, el repertorio vocal de un ave también dice mucho de su idiosincrasia: los individuos más aventureros exploran un mayor rango de hábitat, donde escuchan sonidos variados que incorporan después a sus cantos. (Es decir que copian y aprenden)
Para comprobar cómo influye todo esto a la hora de encontrar pareja, los investigadores registraron el canto de 24 machos de una población de papamoscas collarinos europeos que son de naturaleza monógama.
Y he aquí lo que descubrieron: los papamoscas que cantan en los postes bajos, cercanos a la vegetación, eran identificados como exploradores y arriesgados en las pruebas de personalidad y por ende tienen más éxito en el amor.
Por el contrario, los tímidos que se ponen a cantar lejos, encaramados en los postes más altos son poco atractivos para las hembras, quienes saben por experiencia legendaria y genética, que los menos osados pueden ser débiles padres para sus futuros hijos y sólo se aparean con ellos cuando la situación —supongo— se pone muy difícil y los pretendientes escasean.Lo mismo que en la vida humana, y llevado al argot popular, recuerda el refrán que dice: "le tocó bailar con el más feo".

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