Con dedicatoria especial para mi dilecto amigo, Maestro, Educador y Formador de Ciudadanos, Víctor Alonzo.
Su análisis trasciende la mera catalogación como una
preferencia individual, debiendo ser comprendido como un fenómeno sociocultural
multifacético, cuyas raíces históricas, culturales y sociales demandan una
exploración exhaustiva para su justa aprehensión.
Respecto a la percepción del sonido, para una parte
significativa de la población, un elevado nivel sonoro no se concibe como
contaminación acústica, sino como un indicativo de vitalidad, alegría y
cohesión comunitaria. Manifestaciones como la música a alto volumen proveniente
de establecimientos públicos y eventos sociales específicos, son interpretadas
como expresiones de júbilo y dinamismo social. Además, estas manifestaciones
bullangueras y ruidosas se vinculan con el legado afrocaribeño, donde los ritmos
percutivos y la música en contextos grupales han servido históricamente como
vehículos de expresión y articulación comunal.
La solicitud de moderación del volumen sonoro es
frecuentemente interpretada como un rechazo a la expresión de alegría o una
intromisión en el disfrute festivo, llegando a ser percibida como una afrenta
personal que cuestiona el derecho individual al esparcimiento.
Este patrón de comportamiento social, caracterizado por
la alta sonoridad y el bullicio, y muchas veces hasta por la violencia, no es
espontáneo, sino el producto de una confluencia de factores históricos y
sociales que han configurado la idiosincrasia nacional.
Entre ellos, se reitera el legado cultural afrocaribeño,
cuya influencia, originada durante el período de la esclavitud, se manifiesta
en una cultura donde las expresiones corporales y rítmicas son inherentes y se
celebran de forma colectiva y expansiva.
Un segundo factor, de índole contemporánea, radica en el
déficit en la aplicación normativa y la cultura de impunidad. La persistente
debilidad de las autoridades para hacer cumplir las regulaciones relativas a la
contaminación acústica, desde hace décadas, ha propiciado la normalización de
estas conductas. Frecuentemente, los cuerpos policiales enfrentan desafíos e
incluso agresiones, lo que debilita el estado de derecho.
Un tercer elemento crucial, y posiblemente el más
significativo, es la carencia generalizada de civismo y educación ciudadana
(¡en individuos de todos los estratos sociales!). Este fenómeno se asocia a una
insuficiente cultura de respeto hacia el espacio compartido y los derechos
fundamentales de terceros. El principio fundamental de que "mi derecho
concluye donde inicia el del otro" no parece estar plenamente
internalizado, permitiendo que el esparcimiento de unos prevalezca sobre el
sosiego y la tranquilidad ajenos.

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