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2 de julio de 2026

¿POR QUÉ AL DOMINICANO LE GUSTA TANTO EL TETEO, EL DESORDEN PÚBLICO, ¿LA BULLA Y EL RUIDO?

 Con dedicatoria especial para mi dilecto amigo, Maestro, Educador y Formador de Ciudadanos, Víctor Alonzo.

Jose Elias Osvaldo Guerrero Rosario

Esa interrogante acerca de la presunta predilección de la sociedad Dominicana por manifestaciones ruidosas, alteración del orden público y sonidos intensos, si bien aborda un estereotipo extendido, esos fenómenos sociales profundamente arraigados y recurrentes en la República Dominicana, no representan una característica universal en la sociedad Dominicana. (¡Gracias a Dios!).

Su análisis trasciende la mera catalogación como una preferencia individual, debiendo ser comprendido como un fenómeno sociocultural multifacético, cuyas raíces históricas, culturales y sociales demandan una exploración exhaustiva para su justa aprehensión.

Respecto a la percepción del sonido, para una parte significativa de la población, un elevado nivel sonoro no se concibe como contaminación acústica, sino como un indicativo de vitalidad, alegría y cohesión comunitaria. Manifestaciones como la música a alto volumen proveniente de establecimientos públicos y eventos sociales específicos, son interpretadas como expresiones de júbilo y dinamismo social. Además, estas manifestaciones bullangueras y ruidosas se vinculan con el legado afrocaribeño, donde los ritmos percutivos y la música en contextos grupales han servido históricamente como vehículos de expresión y articulación comunal.

La solicitud de moderación del volumen sonoro es frecuentemente interpretada como un rechazo a la expresión de alegría o una intromisión en el disfrute festivo, llegando a ser percibida como una afrenta personal que cuestiona el derecho individual al esparcimiento.

Este patrón de comportamiento social, caracterizado por la alta sonoridad y el bullicio, y muchas veces hasta por la violencia, no es espontáneo, sino el producto de una confluencia de factores históricos y sociales que han configurado la idiosincrasia nacional.

Entre ellos, se reitera el legado cultural afrocaribeño, cuya influencia, originada durante el período de la esclavitud, se manifiesta en una cultura donde las expresiones corporales y rítmicas son inherentes y se celebran de forma colectiva y expansiva.

Un segundo factor, de índole contemporánea, radica en el déficit en la aplicación normativa y la cultura de impunidad. La persistente debilidad de las autoridades para hacer cumplir las regulaciones relativas a la contaminación acústica, desde hace décadas, ha propiciado la normalización de estas conductas. Frecuentemente, los cuerpos policiales enfrentan desafíos e incluso agresiones, lo que debilita el estado de derecho.

Un tercer elemento crucial, y posiblemente el más significativo, es la carencia generalizada de civismo y educación ciudadana (¡en individuos de todos los estratos sociales!). Este fenómeno se asocia a una insuficiente cultura de respeto hacia el espacio compartido y los derechos fundamentales de terceros. El principio fundamental de que "mi derecho concluye donde inicia el del otro" no parece estar plenamente internalizado, permitiendo que el esparcimiento de unos prevalezca sobre el sosiego y la tranquilidad ajenos.

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