Uno de los políticos encargados de conseguir que la monarquía japonesa no se extinga tenía tres o cuatro cosas que decir sobre la hija de los emperadores, que tiene un 90% de apoyo entre el pueblo para ser emperatriz: “esto no es un concurso de popularidad”.
Por JAVI SÁNCHEZ Vanity Fair
La princesa Aiko de Japón, única hija de los emperadores
Naruhito y Masako, tiene 24 años, y no puede ser emperatriz. Aunque la misma
ley que le aparta del Trono del Crisantemo esté a punto de acabar también con
la dinastía más longeva del planeta, tenga en peligro la institución y cuente
con la oposición de nueve de cada diez japoneses. Aunque en la historia de su
familia y de su país haya habido emperatrices desde el siglo VI hasta el XVIII,
y la ley que veta el trono a las mujeres tenga poco más de un siglo, Aiko no
puede ser emperatriz y, si de su clase política depende, no lo será nunca. Hace
tan sólo unos días ya advertía un vetusto político sobre los peligros de dejar
que Aiko pudiese ser emperatriz. Entre ellos, que “ningún hombre querría
casarse con ella”. Porque, pobrecitos ellos, se verían sometidos, igual que
Aiko, “a tremendas presiones”, para dar un heredero varón. Que esas presiones
casi se llevasen por delante a Masako en su momento, algo que Aiko ha vivido
desde que nación, o la situación en general de las mujeres en la familia
imperial, no le parecieron elementos reseñables.
El debate sobre la sucesión de una monarquía que sólo
tiene un menor de 60 años entre los tres posibles herederos, una cuyas
restricciones han apartado a casi todas las princesas podando el árbol
monárquico hasta dejar un esqueje, está más vivo que nunca en Japón. Casi como
cuando Aiko era niña y su primo Hisahito no había nacido, cuando en Japón
empezaron a ser conscientes de que el futuro del trono tenía como opciones
extinción o princesa, desaparición o reforma. Pero el principal encargado del
Gobierno de Sanae Takaichi de reformar la ley y la Constitución para –entre
otras cosas– asegurar la supervivencia de la institución, demostró hace una
semana que los políticos japoneses van por detrás de su sociedad. Muy por
detrás. Desde la primera ministra hasta sus compañeros.
Hirofumi Nakasone tiene 80 años, ha sido ministro con
tres primeros ministros diferentes y, bajo Takaichi, encabeza el comité de su
partido –el mismo que ha gobernado Japón de manera casi ininterrumpida durante
los últimos 70 años– para reformar las leyes más importantes del país. Es la
misma persona que en un discurso reciente declaró incasable a una hipotética
emperatriz Aiko. También dijo más cosas. Que “es imposible” que Japón pueda
tener una emperatriz, que el debate “va en la dirección incorrecta”, porque la
gente no entiende “el marco legal”. Y que, aunque el artículo 1 de la
Constitución de Japón diga que la posición del emperador “deriva de la voluntad
del pueblo”, ese 90% de apoyos a una posible emperatriz no significan nada:
“esto no es un concurso de popularidad”, reprendió Nakasone al pueblo soberano.
“Se trata de quién heredará el trono”.
Si Nakasone trataba de encauzar la discusión, sólo consiguió multiplicarla. El Bunshun, quizás el medio japonés más opuesto a los excesos del poder, denuncia que en el primer borrador de reforma –donde se propone "adoptar" a descendientes de ex miembros varones de la familia imperial para disimular el erial sucesorio– se excluye de manera explícita a las exprincesas para “evitar que formen ramas de descendencia femenina”. El Bunshun también revelaba el resultado de su última encuesta urgente sobre el asunto: el apoyo a Aiko subía al 94% tras las declaraciones de Nakasone, lo que se va sabiendo de la reforma y la reciente visita de los emperadores a Holanda, que sí tiene princesa heredera.

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