Duarte falleció
lejos de su patria, en la esquina de Zamuro y El Pájaro, acompañado solo por la
austeridad de sus últimos años. Su muerte, marcada por la pobreza y el
silencio, contrasta con la grandeza de su legado. El acta de defunción, firmada
por el jefe civil Miguel Piña, registró el final de una vida que nunca dejó de
pertenecer a la República Dominicana.
Su exilio prolongado
—impuesto por tensiones políticas y por la incomprensión de su tiempo— no logró
quebrar su convicción. Desde la distancia, Duarte mantuvo firme su fe en la
libertad y en la responsabilidad moral de construir una patria justa. Murió sin
honores, pero con la serenidad de quien sabe que su causa era más grande que él
mismo.
Ocho años después,
el 26 de febrero de 1884, sus restos regresaron finalmente a la tierra que
ayudó a liberar. Hoy reposan en el Altar de la Patria, donde la nación lo
reconoce como su Padre Fundador y como el arquitecto de una visión que aún guía
el espíritu dominicano.
Recordar su fallecimiento no es un acto de nostalgia, sino de compromiso. Duarte no dejó un proyecto concluido, sino una tarea permanente: defender la libertad, honrar la dignidad y sostener la República con la misma valentía con la que él la soñó.

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