El Cañero

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24 de febrero de 2012

Un gallo sin dignidad

Rafael Peralta Romero
Rafael Peralta Romero
Una mujer –extranjera, por demás- de visita en la  vivienda de una familia dominicana,  no ocultó, al salir al patio, la extrañeza  que le produjo una concentración de gallos  que se soleaban, unos  al resguardo de un rejón y otros  atados a   una soguita   amarrada a su vez de  una estaca.
Con tantos ejemplares   garbosos ante sus ojos, aquella mujer  fijó  su mirada  en uno  desplumado –no tusado-,  tuerto, sin cola  y con un ala  más corta que la otra. Su escasa  relación con la cultura gallística le incrementó el asombro. Pero no lo ocultó.
Preguntó por qué tanta diferencia entre ese guiñapo  y aquellos otros  integrantes de la traba,  elegantes, bien  recortados, de plumas lustrosas y piel rojiza. “Ese gallo es la mona”, le respondieron, y simuló que entendía. La mona  es un ex gallo. Es como un soldado que ha desertado y conserva harapos de su uniforme.
No es el retiro más  decoroso  para un guerrero,  que eso es el gallo de lidia, ya que su fin en la vida es contender. Pelea hasta consigo si se encuentra frente a un espejo. Su dueño lo quiere para eso.  Negarse a combatir puede acarrearle  un destino nada halagador.
Rara vez habrá  nueva oportunidad  para el gallo  pacifista, pues pesa sobre él la pena de muerte para terminar en la olla,  o mejor, en la mesa. Pero si sobreviviere,  el  gallo cobarde   se arriesga a descender a la condición de mona, con lo que pierde su estatus de verdadero gallo.
Un gallo de lidia es sometido a un entrenamiento similar al de un boxeador: alimentación equilibrada, limpieza corporal, peso controlado. A esto se suma un plan intenso de ejercicios, que en la jerga gallística se llama traqueo.  Para esto se usa la mona.  El  entrenador (trabero) la mueve de un lado a otro y tras ella corre el atleta emplumado.
Es como  el “sandbag” del boxeo. Pero con la gran diferencia de que se  trata de un objeto animado,  viviente y sufriente, que ha de soportar tanto escarnio como consecuencia de un acto impropio, ya fuese un titubeo frente al enemigo o un mal desempeño en el campo de batalla. La mona    purga una pena.
Por eso el infeliz luce siempre desmejorado y abatido. No es dueño de sí, se ha desvalorizado, sólo por su menoscabo ha de llamar la atención. Es un gallo, pero  es como si no lo fuera.  Va muriendo y no lo sabe, ha perdido lo principal: disposición para  la beligerancia.
La mona no está en capacidad de hacerle  la ronda a una gallina, pero tampoco ninguna se  dejaría  cubrir de ese despojo. Debería ser un macho, mas es un machuelo.  Ha perdido sus derechos y su valor. Hasta su alimentación difiere de la del resto de la traba. Le dan cualquiera cosa, más si es sobrante.
La mona es, en definitiva, un gallo que  ha perdido la dignidad.

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