Fuentes cercanas al expresidente admiten que la vida del matrimonio está patas arriba y su esposa está “destrozada” desde hace un mes. Las joyas de la caja fuerte, la imputación de su marido y el papel de sus hijas en el caso la sitúan en el foco del que siempre huyó.
Por MARTA SUÁREZ Vanity Fair
Un frío 27 de enero de 1990 unió su destino para siempre
al de José Luis Rodríguez Zapatero. Aquel día, Sonsoles Espinosa (Ávila, 1961)
se casó en la ermita de Nuestra Señora de Sonsoles, en su ciudad natal, con un
joven licenciado en Derecho por la Universidad de León que se enamoró de ella
en una manifestación. "La recuerdo perfectamente con un chubasquero
amarillo y El País bajo el brazo", le dijo el expresidente al líder de
Podemos Pablo Iglesias en su programa Otra vuelta de Tuerka. Desde entonces,
Zapatero siempre se lo ha contado a quien ha querido escucharle: sigue tan
enamorado de ella como el primer día.
Soprano y profesora de música, hija de militar, tuvo con
él dos hijas, Laura y Alba Rodríguez Espinosa, nacidas en 1993 y 1995. Durante
el ascenso de su marido —primero a la Secretaría General del PSOE y después a
la Presidencia del Gobierno—, Sonsoles hizo lo posible por no convertirse en
“la mujer de” y se mantuvo lo más alejada que pudo de los focos al tiempo que
prosiguió con su trabajo en el coro de la Capilla Real de Madrid.
No concedió entrevistas —solo accedió a hacerse alguna
fotografía puntual— ni se prodigó en actos institucionales o de partido si no
eran imprescindibles. Levantó un blindaje en torno a su vida inédito hasta
entonces en el Palacio de La Moncloa: ordenó cerrar la puerta que comunicaba la
residencia de la familia del presidente con el edificio de la Secretaría de
Estado de Comunicación, y con el tiempo fue reforzando ese aislamiento.
El perfil más revelador sobre la forma de pensar de esta
mujer de metro ochenta y uno e inconfundible cabello a lo garçon lo firmó Ana
S. Juárez en Vanity Fair . En él, su entorno de León explicaba cómo añoraba la
vida de provincias, cómo Madrid se le hacía “como una sartén hirviendo”—, y su
deseo de proteger a sus hijas “al cien por cien” para que fueran “anónimas”.
El fin de ese anonimato lo provocaron, en gran medida,
los propios Rodríguez Espinosa al llevar a las dos adolescentes a un viaje
oficial de Estado en EE. UU. y posar con ellas en la recepción que Barack y
Michelle Obama ofrecieron en el Museo Metropolitano de Nueva York. La imagen de
ambas, aún menores de edad, se hizo viral por su vestimenta y la prensa las
bautizó como “las hijas góticas de Zapatero”. A pesar de haber llegado a
afirmar que en la capital se sentía enjaulada, al término de sus dos mandatos,
Sonsoles y José Luis se quedaron a vivir en Madrid. Desaparecer del radar se
hizo un poco más fácil para la pareja y sus hijas durante aquellos años.
Pero la apacible vida familiar de los Rodríguez Espinosa
empezó a desdibujarse con las primeras informaciones que situaban al
expresidente en el entorno del rescate de Plus Ultra y determinadas
intermediaciones vinculadas a Venezuela. Fue el pasado 19 de mayo cuando la
tranquilidad se quebró definitivamente. Desde aquel día, Zapatero figura como
investigado por presuntos delitos de tráfico de influencias, organización
criminal, blanqueo de capitales y falsedad documental, según el auto judicial
del caso Plus Ultra. A ello se suma ahora una pieza separada en la que el
instructor aprecia indicios de un posible delito fiscal y de contrabando en
relación con unos llamativos juegos de joyas hallados durante un registro en su
despacho, tasadas en torno a 1,3 millones de euros.

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