El papa, que ha culminado la Sagrada Familia bendiciendo la torre de Jesucristo, es el primer sumo pontífice que se reúne con una familia real dos veces en el mismo viaje. Letizia protagonizó uno de los momentos de la jornada al abrazar a una niña: “hola, soy la reina, encantada”.
Por ANDRÉS GUERRA Vanity Fair
León XIV, aquel joven devoto nacido en Chicago como
Robert Prevost y que se convirtió en misionero en Perú para alcanzar el trono
de Pedro, ha marcado una huella histórica en Barcelona. Nadie antes, fuese en
calidad de jefe de Estado y/o de Sumo Pontífice, había cumplido tal agenda en
el mismo día: visitar una la cárcel, oficiar y rezar en Montserrat, saludar a
Felipe y Letizia por segunda vez y bendecir la torre de Jesucristo de la
Sagrada Familia, que con 172,5 metros no solo es el edificio más alto de la
capital catalana, sino la iglesia más alta del mundo. Todo eso, en menos de 12
horas. Histórico no es un adjetivo manido sino inexacto: irrepetible encaja
mejor en los hechos de este día.
La escena más esperada estaba reservada para la tarde:
telón de piedra, ojivas de luz y más de 140 años de historia acumulada. El papa
León XIV recorrió algo más de un kilómetro por las calles del Eixample
barcelonés a bordo del papamóvil, desde el paseo de Gràcia hasta la Sagrada
Familia, vitoreado por una banderas vaticanas y catalanas a lo largo del
recorrido. Felipe VI y la reina Letizia –así como los presidente del Gobierno y
de la Generalitat, el alcalde de Barcelona y otras autoridades– lo esperaban en
la basílica para recibirlo rodeados de unos 4.000 fieles, expectantes desde
horas antes. El reloj se acercaba a las ocho de la tarde cuando los reyes, que
en mayo de 2025 asistieron a la misa inaugural de su pontificado en la Plaza de
San Pedro –doña Letizia vistió hoy el mismo diseño de Redondo Brand que aquel
18 de mayo de 2025 en el habemus papam en el Vaticano–, lo recibían besando el
Anillo del Pescador en un perfecto equilibrio entre solemnidad institucional y
calor humano ante la Fachada de la Pasión. Y entonces se produjo un momento
ajeno al ritual que llamó la atención de todos: doña Letizia saludó a
Valentina, una niña invidente de 13 años que había construido una maqueta de la
Torre de Jesucristo, diciéndole: “Hola, yo soy la reina, encantada” para darle
un caluroso abrazo. Tras el saludo de don Felipe, el papa le entregó una cajita
con un rosario y la joven respondió emocionada que lo guardaría para siempre.
Así, a punto de tocar las 20 horas, hora de misa en todas
partes, León XIV entró en el templo mientras sonaba el himno gregoriano Tu es
Petrus. El papa ha oficiado en la basílica vestido de blanco y oro, colores
vaticanos, comenzando la homilía en catalán. Tras sonar el litúrgico Kirye, ha
entonado el Gloria y leído un pasaje del Evangelio de San Juan. Ante la
empática mirada de los reyes, la princesa de Asturias y la infanta Sofía, toda
una Familia Real presidiendo el presbiterio del templo, y poco antes de
bendecir la torre de Jesucristo, el papa proclamó lo siguiente: “No podemos
creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a
quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”.

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