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28 de junio de 2026

Palabras, palabras, palabras

 Palabras que acarician el corazón, enternecen el alma, abrazan la vida. “Las palabras son para mí cuerpos tocables, sirenas visibles, sensualidades incorporadas” (Pessoa).

Por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz               Ser Escritor


Palabreemos; no con palabrejas, no con palabrería. Las palabras, los útiles del escritor, del poeta, del ser humano, nos sirven para comunicarnos; qué necesarias son, cuánto nos hacen sentir… Palabras que acarician el corazón, enternecen el alma, abrazan la vida. “Las palabras son para mí cuerpos tocables, sirenas visibles, sensualidades incorporadas”, nos recuerda Pessoa.

Y para vibrar con la sonoridad de las palabras que nos envuelven, hemos optado por tres personas que viven de entrelazarlas: un escritor y dos poetas; tanto sus artículos como sus obras designan nuestro objetivo.

Iniciaremos nuestro recorrido de la mano del escritor venezolano que nos remite a los que tuvieron que ir a su país. A continuación, aprenderemos del poeta que a los noventa años hablaba del aliento vivificador que hay en las palabras y de que la poesía era una manera de despertar la palabra. Y seguiremos con la poeta que se muestra convencida de que la poesía, lo poético, ensancha nuestra manera de pensar, sentir, recordar, aunque cree que es difícil escribir sobre poesía “porque no es solo pensamiento, lo que promueve es sentimiento y lo cruza la sensación”.

Comencemos este periplo con el escritor y con su artículo, lleno de narrativa, titulado “Las palabras de los que huyen”. Él es Juan Carlos Méndez Guédez (Venezuela, 1967) y expresa cómo las desesperadas personas que tuvieron que escapar en los “veleros del hambre” a Venezuela debido a la miseria franquista “compartían la fatiga de sus palabras y sus miedos”; cómo se sirvieron de “la sonoridad de sus frases”; cómo sus palabras pequeñas, humildes, llenas de incertidumbre y nostalgia, de curiosidad y torpeza fueron sus anclas y sus raíces. Debido a que el escritor ahora vive en España, duda del recorrido de esas palabras: quizá sobrevivieron, quizá fueron mutando, quizá su rastro permaneció allí. Pero sí tiene la convicción de que contenían, tanto en su humildad, como en su esplendor, la fuerza de la añoranza, la temblorosa esperanza de quien resucitaba en un mundo que era incapaz de nombrar del todo.

Las sencillas palabras, las pequeñas palabras han sido el punto de partida para continuar con la amplia sabiduría del poeta francés cuya vida fue muy extensa. De esta manera nos adentramos en el territorio de Yves Bonnefoy (Tours, 1923-1916) y con él en el artículo “El despertar de las palabras”.

Este poeta, ensayista, traductor y crítico rememoró, a los noventa años, su descubrimiento del lenguaje como creador de la realidad; cuando empezó a leer, al ver la palabra junto a su dibujo, fue golpeado por “la relación que aparecía entre la palabra y la cosa. Tenía la sensación de que la palabra era la embajadora de la cosa, su representante entre nosotros. En ese momento comprendí que la poesía ejercía esta relación con la palabra”. Para él la palabra tiene vida: es un mundo y crea un universo. Y su encadenamiento con otras palabras, su combinación para crear frases transforma y altera su esencia, su significado. Cree que las palabras cotidianas se usan sin darles el valor que merecen.

Este también filósofo nos hace ver que, si en una conversación cotidiana únicamente las palabras sirven para que nos entendamos, en la poesía esas mismas palabras reaparecen en su verdadera realidad y señalan o designan las cosas como son para mostrarnos la realidad. “La palabra, las palabras, están en el centro de todo. Son el embrión que no solo describe, señala y nombra el mundo, sino que lo ordena y puede salvarlo, reordenarlo. La palabra es nuestra principal conexión con la realidad y la poesía su mejor vía. Por eso es necesario que las liberemos de ese yugo en el cual las hemos metido”.

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