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24 de octubre de 2026

Volver a Yuma a las patronales de San Rafael

 Regresar a las fiestas patronales de San Rafael este sábado 24 de octubre es emprender un viaje descalzo al pasado.

Denis Mota Álvarez                    Hoy

San Rafael

San Rafael - Aquella casona vetusta, custodiada en mis años mozos por un jardín pletórico de rosas que mezclaban sus aromas, era el hogar fundacional de la estirpe familiar: la cuna donde abrimos los ojos a la vida, crecimos y echamos a andar, trazando senderos propios que nos alejaron paulatinamente del nido original. A corta distancia quedaban el murmullo del río y los árboles frutales.

Al regresar hoy, tras los años, solo perduran la dignidad cansada de los árboles viejos y la estructura exánime de la casona.

Sus techos de zinc lucen devorados por el óxido y las paredes muestran las cicatrices de la carcoma. En los roperos antiguos reposan vestimentas enmohecidas, deslucidas por el olvido; de los muros penden, sobre clavos carcomidos, viejas fotografías amarilleadas por el tiempo.

Las raíces se han abierto paso bajo los cimientos, agrietando los pisos, mientras una soledad absoluta se adueña del patio donde antaño alborotaban gallinas, pavos reales, gansos y palomas.

Los pájaros del cielo también se marcharon.

Regresar a las fiestas patronales de San Rafael este sábado 24 de octubre es emprender un viaje descalzo al pasado. Las muchachas y muchachos de antaño son hoy borrosas fotos en la memoria; los rincones donde se encendían los primeros cigarrillos clandestinos sucumbieron al tiempo, y los bancos del parque desde donde se lanzaban piropos a las jóvenes risueñas han desaparecido.

Las novias de esa época son ahora abuelas achacosas rodeadas de nietos, mientras el cura párroco y las monjas que congregaban a las Hijas de María parecen haberse diluido de la crónica del pueblo.

Los viejos bares, con sus velloneras reproducían a Toña la Negra, Los Panchos, Fernando Valadez, Roberto Ledesma, Blanca Rosa Gil, Marco Antonio Muñiz, Alberto Bertrán y el «Anacobero» Daniel Santos —junto a una leyenda de soneros y merengueros—, son un eco remoto.

Se han esfumado los camareros de chalecos a cuadros, las orquestas pueblerinas y las parejas entrelazadas en aquellas tardes dominicales; a todos se los tragó el olvido, desplazados por nuevos códigos de entretenimiento.

Al aproximarse al altar, se siente el desamparo: San Rafael ya no nos reconoce. Son otros los devotos, distintas las cofradías a galope de yipetas y ajenas las promesas que hoy se le ofrendan. Han cambiado sacerdotes, diáconos, monaguillos, sermones y plegarias.

Los sicarios también ofrecen promesas y ofrendas para nuevos trabajos. Da la impresión de que el santo patrón ha mudado sus afanes, ajeno a estos hijos pródigos que retornan a unas patronales senil en un intento vano por reconocerse en los espejos de la nostalgia.

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