Regresar a las fiestas patronales de San Rafael este sábado 24 de octubre es emprender un viaje descalzo al pasado.
Denis Mota Álvarez Hoy
Al regresar hoy, tras los años, solo perduran la dignidad
cansada de los árboles viejos y la estructura exánime de la casona.
Sus techos de zinc lucen devorados por el óxido y las
paredes muestran las cicatrices de la carcoma. En los roperos antiguos reposan
vestimentas enmohecidas, deslucidas por el olvido; de los muros penden, sobre
clavos carcomidos, viejas fotografías amarilleadas por el tiempo.
Las raíces se han abierto paso bajo los cimientos,
agrietando los pisos, mientras una soledad absoluta se adueña del patio donde
antaño alborotaban gallinas, pavos reales, gansos y palomas.
Los pájaros del cielo también se marcharon.
Regresar a las fiestas patronales de San Rafael este
sábado 24 de octubre es emprender un viaje descalzo al pasado. Las muchachas y
muchachos de antaño son hoy borrosas fotos en la memoria; los rincones donde se
encendían los primeros cigarrillos clandestinos sucumbieron al tiempo, y los
bancos del parque desde donde se lanzaban piropos a las jóvenes risueñas han
desaparecido.
Las novias de esa época son ahora abuelas achacosas
rodeadas de nietos, mientras el cura párroco y las monjas que congregaban a las
Hijas de María parecen haberse diluido de la crónica del pueblo.
Los viejos bares, con sus velloneras reproducían a Toña
la Negra, Los Panchos, Fernando Valadez, Roberto Ledesma, Blanca Rosa Gil,
Marco Antonio Muñiz, Alberto Bertrán y el «Anacobero» Daniel Santos —junto a
una leyenda de soneros y merengueros—, son un eco remoto.
Se han esfumado los camareros de chalecos a cuadros, las
orquestas pueblerinas y las parejas entrelazadas en aquellas tardes
dominicales; a todos se los tragó el olvido, desplazados por nuevos códigos de
entretenimiento.
Al aproximarse al altar, se siente el desamparo: San
Rafael ya no nos reconoce. Son otros los devotos, distintas las cofradías a
galope de yipetas y ajenas las promesas que hoy se le ofrendan. Han cambiado
sacerdotes, diáconos, monaguillos, sermones y plegarias.
Los sicarios también ofrecen promesas y ofrendas para
nuevos trabajos. Da la impresión de que el santo patrón ha mudado sus afanes,
ajeno a estos hijos pródigos que retornan a unas patronales senil en un intento
vano por reconocerse en los espejos de la nostalgia.

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