Las calles olían a madrugada y a cansancio. A ese cansancio que se acumula en los huesos
cuando la vida se vuelve cuesta arriba.
A ese cansancio que no se dice, pero se siente en la
forma en que la gente camina, en la forma en que suspira, en la forma en que
mira el precio del arroz y baja la cabeza. Y entonces, sin aviso, algo crujió
en el aire.
El fuego que habló primero
Fue un neumático. Negro,
redondo, viejo, ardiendo como si llevara años esperando ese momento. La llama se levantó lenta, como un brazo que
se estira después de un largo sueño. Luego
vinieron los gritos. Después, las
piedras.
Y de pronto, la ciudad entera pareció recordar que tenía
voz. Una voz ronca, áspera, nacida del
estómago. Una voz que llevaba demasiado
tiempo tragándose la rabia.
La ciudad como un animal herido
Santo Domingo se convirtió en un cuerpo vivo. Las avenidas eran venas abiertas. Los
barrios, órganos latiendo a destiempo. El
humo subía como un suspiro oscuro que se escapaba del pecho de la ciudad.
En Simón Bolívar, un niño miraba el fuego con ojos
grandes, sin entender del todo, pero entendiendo más de lo que debería. En Cristo Rey, una mujer cerraba su colmado
con manos temblorosas, como quien intenta proteger un pedazo de vida.
En Los Mina, los jóvenes levantaban barricadas que
parecían más un gesto de dignidad que de defensa. La ciudad ardía, sí. Pero también hablaba.
El Estado irrumpe
Los cascos brillaban bajo el sol del mediodía. Los fusiles parecían más pesados que
nunca. Los pasos de los militares
resonaban como un tambor que no marcaba ritmo, sino advertencia.
La orden era contener.
La calle, sin embargo, tenía memoria.
Y la memoria no se detiene con balas.
Los días que se quedaron pegados al país
El 23, el 24, el 25.
Tres días que se volvieron eternos.
Tres días en los que el país se miró al espejo y no se reconoció. O tal vez sí.
Tal vez se reconoció demasiado.
Los muertos se contaron con cifras que nunca
coincidieron. Los heridos se contaron
con silencios.
Los sobrevivientes se contaron con miradas que aún hoy,
cuarenta años después, llevan un brillo que no se apaga.
Lo que quedó después del humo
Cuando la ciudad volvió a respirar, lo hizo con
dificultad. Como quien se levanta
después de una caída fuerte.
Como quien sabe que algo se rompió, pero no sabe
exactamente qué. El gobierno siguió. La
economía siguió. La vida siguió. Pero el país ya no era el mismo.
Porque hay días que no pasan: se quedan.
Se quedan en las esquinas, en los periódicos
amarillentos, en las conversaciones de madrugada, en la memoria de quienes
estuvieron allí y en la de quienes heredaron el relato.
El 23 de abril de 1984 fue un latido desbordado. Un día en que el pueblo habló con fuego, con
piedras, con pasos, con miedo y con coraje.
Un día en que la historia dejó de ser un calendario y se
volvió carne. Un día que todavía arde,
aunque ya no haya humo.*
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