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22 de abril de 2026

El siglo XXI de las ilusiones perdidas

 Marino Beriguete


El siglo XXI empezó prometiendo futuro y ha terminado administrando decepciones. Venía cargado de palabras grandes: progreso, cambio, transparencia, modernidad. Sonaban bien, como suenan siempre las palabras antes de pasar por la política. Después llegaron los hechos, que suelen ser menos musicales.

En el país los políticos hablan con una seguridad admirable para gente que nunca les resuelven nada. Comparecen mucho, explican demasiado y arreglan poco. Hay una escuela de oratoria basada en decir tres veces lo mismo con distinto tono. Salen de una entrevista dejando la impresión de que han hablado una hora y pensado cinco minutos.

Ser político no convierte a nadie en sabio. Si así fuera, bastaría con juramentar a cualquiera y esperar el milagro. El poder no da inteligencia, solo la exhibe. También exhibe la vanidad, la improvisación y esa costumbre tan humana de creerse imprescindible después de salir en televisión dos semanas seguidas.

Lo más triste no es la incompetencia, que al menos a veces da vergüenza. Lo más triste es la falta de ideas. Muchos no tienen ideología: tienen conveniencia. No defienden principios, defienden turnos. Hoy abrazan lo que ayer denunciaban y mañana denunciarán lo que hoy celebran. Cambian de postura con la elasticidad moral de un contorsionista.

Mientras ellos negocian cargos, la gente negocia llenar la nevera. Mientras reparten ministerios, otros reparten el sueldo para que alcance. Mientras inauguran discursos, los barrios siguen esperando agua, seguridad, hospitales y escuelas que funcionen más allá de la foto oficial.

La política debería servir para ordenar prioridades y mejorar la vida común. Aquí demasiadas veces sirve para ordenar favores y mejorar vidas privadas. Por eso tanta gente ya no espera nada. Y cuando un pueblo deja de esperar, empieza a cansarse.

Aun así, conviene no regalarles también la esperanza. La política no tiene por qué hundir; la hunden quienes la usan como negocio. Algún día aparecerán personas que entiendan que gobernar no es mandar, sino responder. Y que un cargo público no es una corona prestada, sino una deuda diaria con quienes confiaron.

Tal vez entonces este siglo deje de ser el de las ilusiones perdidas y empiece, por fin, a merecer otro nombre.

Demuéstrame que estoy equivocado…

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