Marino Beriguete
En el país los políticos hablan con una seguridad
admirable para gente que nunca les resuelven nada. Comparecen mucho, explican
demasiado y arreglan poco. Hay una escuela de oratoria basada en decir tres
veces lo mismo con distinto tono. Salen de una entrevista dejando la impresión
de que han hablado una hora y pensado cinco minutos.
Ser político no convierte a nadie en sabio. Si así fuera,
bastaría con juramentar a cualquiera y esperar el milagro. El poder no da
inteligencia, solo la exhibe. También exhibe la vanidad, la improvisación y esa
costumbre tan humana de creerse imprescindible después de salir en televisión
dos semanas seguidas.
Lo más triste no es la incompetencia, que al menos a
veces da vergüenza. Lo más triste es la falta de ideas. Muchos no tienen
ideología: tienen conveniencia. No defienden principios, defienden turnos. Hoy
abrazan lo que ayer denunciaban y mañana denunciarán lo que hoy celebran.
Cambian de postura con la elasticidad moral de un contorsionista.
Mientras ellos negocian cargos, la gente negocia llenar
la nevera. Mientras reparten ministerios, otros reparten el sueldo para que
alcance. Mientras inauguran discursos, los barrios siguen esperando agua,
seguridad, hospitales y escuelas que funcionen más allá de la foto oficial.
La política debería servir para ordenar prioridades y
mejorar la vida común. Aquí demasiadas veces sirve para ordenar favores y
mejorar vidas privadas. Por eso tanta gente ya no espera nada. Y cuando un
pueblo deja de esperar, empieza a cansarse.
Aun así, conviene no regalarles también la esperanza. La
política no tiene por qué hundir; la hunden quienes la usan como negocio. Algún
día aparecerán personas que entiendan que gobernar no es mandar, sino
responder. Y que un cargo público no es una corona prestada, sino una deuda
diaria con quienes confiaron.
Tal vez entonces este siglo deje de ser el de las
ilusiones perdidas y empiece, por fin, a merecer otro nombre.
Demuéstrame que estoy equivocado…

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