El escritor que tiene más posibilidades de cosechar éxito es aquel que se empequeñece al máximo
Por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz
“El escritor que tiene más posibilidades de cosechar
éxito es aquel que se empequeñece al máximo”. Así se define Walser. El pasear
—se desplazará caminando de una ciudad a otra, tanto de día como de noche— y el
cambiar de domicilio y de trabajo será otra constante en su vida. “Un espíritu
joven con vocación de poeta necesita libertad y movilidad”.
En estas tres acciones básicas lo sitúa la escritora y
profesora Eva Casanova: “Siempre he creído que escribir, leer y pasear es lo
mismo. Al fin y al cabo, escribir es prestar atención a lo pequeño para poder
abarcar la inmensidad, leer es también prestar atención a lo pequeño, un gesto,
una palabra, un símil o metáfora, para interpretar, ¿y pasear? ¿qué es? Lo
mismo, prestar atención a lo pequeño para entender lo demás, para conocernos,
para detener la vida unas horas”.
Y el analista cultural Félix V. Díaz registra también
nuestra admiración por este autor. “Es
la sensibilidad en la observación, el detalle como color de vida, la pasividad
autoconvencida ante la insignificancia del individuo en el universo, la poesía
enlazada amorosamente con la prosa dando sabrosos frutos de satisfactorio
deleite literario.”.
Él era lo que no parecía y a menudo parecía lo que no
era. Pocos lo conocieron y lo trataron porque vivió, como bien lo califica la
traductora Isabel Hernández, metido en la concha de caracol desde la que
siempre escribió. “Comencé a leer mucho porque la vida me negaba, pero la
lectura tenía la bondad de afirmar mi carácter, mis inclinaciones”.
Leyó y escribió. El no sentirse comprendido ni
correspondido por el amor exclusivo de su madre le lleva, siendo adolescente, a
la escritura; Robert Walser necesita escribir para plasmar en ella esos
sentimientos; para inventar lo que le falta en vida.
En 1894 falleció su madre —llevaba algún tiempo enferma
de depresión—. Era delicada y cariñosa solo con sus hermanos y hermanas que
siempre estaban enfermos; con él nunca lo fue, nunca enfermaba. También,
distinguida, severa y enfermiza, proclive a la tristeza y a la melancolía. Sin
tiempo para pensar en sí misma tras dar a luz a ocho criaturas y con un marido
—encuadernador, vendedor de objetos de papelería y de juguetes— que lo confiaba
todo al buen Dios.

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